Claudia Cassarino

David Favrod
2012
Dr. Charles H. McCaghy
2012

Adentro

 

Claudia Casarino plantea espacios-tiempos abiertos en la escena de la cotidianidad, desalojados de sí mismos por el dislocamiento de la memoria. Pero los derroteros se cruzan en un punto y terminan coincidiendo, por un instante en la pequeña franja vacante que, en el plano de la representación, deja abierta el desplazamiento de los espacios y la oscilación de los tiempos: los des-espaciamientos, los destiempos, que moviliza, entrecortadamente, la producción de la memoria.

La obra de Claudia Casarino también se ocupa de producir un trastorno en el orden de la representación para promover una mirada a un otro espacio, paralelo a la escena representada. Parte de una serie de seis fotografías tomadas en su departamento de soltera. Las fotos son hechas desde el apoyo que ofrece un trípode instalado en medio de la sala central, un punto que actúa como panóptico desde el cual pueden ser miradas todas las habitaciones del departamento. Empleando una “tripa”, un disparador provisto de un cable de diez metros, Claudia recorre todo el espacio doméstico con una cámara de mediano formato y se retrata a sí misma, a distancia, mediante el poder que le otorga el dispositivo de la mirada automática, objetivada, fuera de sí misma. Mediante procedimientos digitales elimina luego su propia imagen y deja sólo la silueta recortada de su presencia. En la abertura creada por esa eliminación aparece el espacio que fuera ocupado inmediatamente antes, como sí sustrayéndose a sí misma, la artista pudiese devolver el lugar que ella había habitado.

¿Qué ocurre con el lugar colonizado por el sujeto de la mirada? ¿qué, con el lugar doméstico, con las cosas, cuando se interpone el cuerpo, cuando él se desplaza y cambia el sentido de la disposición, el ángulo de cada sitio y de cada objeto? ¿Qué pasa con el lugar recién abandonado cuando se aleja quien lo ocupaba? La memoria restituye los cambios que introduce el vaivén antojadizo de la mirada, pero lo hace a costa de perder siempre algo, de recortar, de desalojar espacios: de reubicar la escena de modo que ella misma sólo puede mostrarse entera si extravía la perspectiva del observador, si borra el sujeto, aunque no pueda desarmar su contorno: el perfil que debe tener cada espacio pospuesto para ser recuperado.

Rondados por la presencia cercana de lo otro, la escena doméstica queda señalada por esa presencia ausente que Freud llama lo Unheimlich. Esta figura, dispositivo central del arte, designa aquello que introduce la sospecha de que en el centro del espacio más familiar puede abrirse, de pronto, una brecha que permita la irrupción del otro lado; el aviso de que puede regresar lo que ya fue hollado o transitado: lo que ahora no esté presente, aunque aún resuenen los ecos de sus pasos, aunque se sienta la respiración queda de quien estuviera allí hace un momento, la proximidad de algo que no se muestra.

En guaraní existe una expresión para nombrar el no-espacio de quien se ha borrado, la pérdida del lugar vacante, el deslugar fundado por el cuerpo ausente;  ni hendagüé ndopytai significa “no queda ni lo que había sido su sitio”. Pero cuando el sujeto se retira para dejar lugar a la escena entera donde ocurrirá el acontecimiento, su propia ausencia queda estampada, en negativo, en cada lugar hollado por la mirada. Entonces, queda un espacio abierto para que pueda vislumbrarse lo que se muestra sólo en parte.

Ticio Escobar
Asunción, 2007

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